CDMX: la nueva movilidad será en bicicleta o no será

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El contexto de los últimos meses impulsa hoy un espíritu crítico. Un deseo de reflexionar todo lo que era aceptado sólo por ser parte de una “normalidad” que parecía dada. Una en la que no había espacio para la transformación.

Desde este nuevo horizonte, la vista por la ventana lanza una queja ante algo que de golpe parece –por decir lo menos– completamente irracional: todo el mundo en casa, algunos con metros cuadrados contados... y allá fuera, un mar de asfalto sin ocupar. 

¿En qué momento cedimos el espacio público al transporte privado? ¿A partir de qué principios pensamos la movilidad y su influencia en el diseño de nuestras ciudades?

Sean cuales sean las respuestas, lo único seguro es que el presente cambiará nuestras ciudades en una transformación sin retorno. Quizás, como hace siglos no ocurría. 

La forma en que nos transportamos, habitamos y le damos vida a la megalópolis todos los días está en crisis. Bastó poner en pausa las actividades esenciales durante algunas semanas para evidenciar un modelo de ciudad agotado; uno que no responde a una actitud cosmopolita y que considera los valores de comunidad como un nuevo lujo.

Las slow streets nacieron como una solución de urbanismo táctico, pensada para redistribuir el rígido reparto del espacio en las ciudades y, al mismo tiempo, permitir que las personas de a pie, en bicicleta y cualquier vehículo sin motor, realicen viajes rápidos, eficientes y seguros.

Durante los últimos meses, las calles y avenidas de distintas ciudades de los Estados Unidos, Alemania y Canadá experimentaron un quiebre en su funcionamiento, a partir de las slow streets. Sin siquiera advertirlo, un par de conos de tránsito y un letrero de “Road Closed” pusieron de cabeza la lógica que privilegia a los automóviles y arroja a las personas a los extremos de las vías. Aquella lógica que domina en cualquier urbe.

El eco de estos experimentos urbanos trajo consigo una reflexión global sobre la distribución del espacio público y la necesidad de crear ciudades funcionales y seguras. Capaces de responder a las necesidades sociales de cualquier naturaleza.

El ejemplo más reciente en el contexto local ocurrió en la Ciudad de México, precisamente en Insurgentes, la avenida más larga del país y una de las más transitadas. 

En junio de 2020, la instalación de una ciclovía emergente de 20 kilómetros provocó la reapropiación de un carril exclusivo para bicicletas y el efecto fue inmediato: el número de personas que eligió rodar para transportarse se duplicó respecto a los datos de dos meses anteriores. 

Según la Secretaría de Movilidad, más de 4 mil 633 ciclistas utilizaron algún tramo de la ciclovía emergente el 25 de junio. 2.32 veces más que los mil 996 que lo hicieron el 24 de abril pasado.

Crear espacios urbanos diversos que afecten positivamente la movilidad no sólo pasa por la acción gubernamental o el trabajo de urbanistas y arquitectos, sino por la forma en que caminamos, rodamos y habitamos en ella.

Las crisis globales exigen soluciones globales y tanto las slow streets como las ciclovías emergentes significan una aproximación para resolver los principales problemas de la movilidad urbana. Éste es un momento crucial para reimaginar las ciudades y redefinir la forma en que habitamos en ellas, y las posibilidades reales de hacerlo pasan por reivindicar a la bicicleta como el transporte de la nueva normalidad.
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